Los lacrimógenos anuncios de SELAE no pueden estar más alejados de la realidad…
El Caso Villamanín desmonta el mito de la Lotería que “nos une”
Villamanín debería figurar estos días en el mapa como otro ejemplo del viejo ritual navideño español: un pueblo pequeño, un número compartido, brindis improvisados y la sensación (tan rentable en los anuncios) de que la Lotería de Navidad “nos une”…. Pero ¡ah, amigos! La realidad es muy diferente a lo que SELAE nos cuenta cada año en sus lacrimógenos anuncios, y este año, tristemente, lo hemos podido comprobar en este pequeño pueblo de León, dejando en evidencia la distancia abismal entre el relato edulcorado que vende SELAE cada diciembre y la cruda realidad cuando el dinero entra en escena.
Todo arrancó el 22 de diciembre, cuando el número 79.432 fue agraciado con el Gordo, cuatro millones de euros por serie. Buena parte del premio había sido repartido en Villamanín a través de participaciones vendidas por la Comisión de Fiestas, un grupo de unos quince jóvenes de entre 18 y 25 años que, como cada año, financian las celebraciones del pueblo con la venta de papeletas. La euforia duró poco. En cuestión de horas empezó a emerger el error que lo cambió todo: se habían vendido 50 participaciones que no estaban respaldadas por los décimos correspondientes consignados en la administración de lotería de La Pola de Gordón.
El descuadre, aparentemente pequeño en origen (un talonario de 200 euros más 50 de donativo olvidado en el proceso de consignación), se convirtió en un agujero monumental tras el sorteo: unos cuatro millones de euros en premios que legalmente no existen porque no hay décimos válidos detrás. Cada una de esas participaciones debería haber supuesto alrededor de 80.000 euros. En la práctica, para quienes las compraron, no hay nada que cobrar.
Desde entonces, Villamanín vive instalado en una tensión permanente. Más de 200 personas se reunieron durante horas en el Hogar del Pensionista en un encuentro marcado por gritos, reproches, crisis de ansiedad y desconfianza generalizada. La Comisión de Fiestas reconoció el error y puso sobre la mesa una propuesta: renunciar a sus propios premios y aplicar una quita aproximada del 10% a todas las participaciones agraciadas para que nadie se quedara sin cobrar. Una solución que permitiría repartir lo realmente ganado (unos 36 millones en lugar de 40) entre todos los afectados.
El acuerdo, como era de esperar, no ha convencido a todos. Hay vecinos que lo consideran injusto, otros que exigen explicaciones documentales sobre dónde está el dinero y quién gestionó realmente la consignación, y quienes directamente amenazan con acudir a los tribunales para reclamar el cobro íntegro de lo que figura en su papeleta. Basta con que uno solo dé ese paso para que el conflicto escale aún más. Juristas consultados recuerdan que, en la vía civil, un juez podría llegar a exigir a los organizadores que respondan patrimonialmente por el desfase, una losa inasumible para unos jóvenes que, en el mejor de los casos, cometieron un error de gestión y no una estafa.
Mientras tanto, el pueblo se parte en dos. Hay quienes defienden que fue un fallo humano sin mala fe y quienes sospechan de demasiadas versiones cambiantes, señalando incluso a adultos colaboradores de la comisión que habrían permanecido en la sombra. El propio Ayuntamiento ha tenido que intervenir con un comunicado apelando a la convivencia y lamentando el daño a la imagen pública del municipio, ofreciendo espacios de mediación para evitar que la herida sea irreversible.
Todo este escenario debería hacer reflexionar, especialmente a SELAE, sobre la ligereza con la que se promociona y se normaliza este Sorteo, ya no sólo con sus campañas, sino permitiendo que colectivos y asociaciones locales, bajo la idea romántica de “compartir”, vendan “ilusión” para financiar sus iniciativas. El resultado es el de Villamanín: familias enfrentadas, vecinos que ya no se hablan, sospechas cruzadas y un premio que, lejos de unir, dinamita la convivencia y deja en evidencia, una vez más, este sorteo. Porque cuando hay dinero de verdad sobre la mesa, la solidaridad publicitaria se evapora, el “todos a una” se convierte en “sálvese quien pueda” y la épica colectiva muta en codicia individual.
El plazo para cobrar los premios expira el 22 de marzo de 2026. Hasta entonces, la sombra del juzgado seguirá planeando sobre el pueblo.











Lamentable.
Si la comisión de fiestas no se hubiese encargado de gestionar la compra de la lotería y hacer las participaciones ninguno de los poseedores de estas, tendría opción a premio.
Mi apoyo a las Comisiones de Fiestas por su labor . ÁNIMO.