El nuevo giro publicitario de la ONCE transforma el Juego en una suerte de apostolado social para el comprador
El “buenismo” como estrategia de ventas: “cuando un jugador y un vendedor de la ONCE se encuentran, siempre pasan cosas buenas”
Resulta enternecedor, casi místico, el retrato que la ONCE despliega en su última ofensiva publicitaria aprovechando su nuevo juego Dupla. Según la entidad, no estamos ante una simple transacción de Juego, sino ante un evento de proporciones casi milagrosas porque, según pregonan sus piezas, “cuando un jugador y un vendedor de la ONCE se encuentran, siempre pasan cosas buenas”… Es fascinante observar cómo el marketing ha decidido elevar al jugador de a pie a la categoría de filántropo desinteresado, una suerte de “hermanita de la caridad” que, más allá de jugar por diversión o por el premio, parece que acude al quiosco movido únicamente por un ardor altruista.
En este universo edulcorado que nos presentan los anuncios, el acto de jugar se diluye en un mar de bondades sociales donde el azar es lo de menos. La narrativa del anuncio además va más allá y dedica una mirada al “centinela de la ilusión”, que según rezan las piezas, gracias a ese encuentro puede “moverse libremente por la ciudad“, o cuyo puesto de trabajo se adapta mágicamente a sus necesidades. La maniobra es tan hábil como cínica; se nos vende que el beneficio social es una consecuencia inmediata y poética del encuentro entre el comprador y el vendedor, ocultando tras una cortina de solidaridad la cruda realidad de una empresa que, aunque busque desmarcarse de esta denominación, es un Operador, y que además parece que muchos de sus “centinelas” no están precisamente contentos con el trato recibido, según se muestran en las denuncias que estos hacen a AZARplus…
De esta forma, la ONCE parece querer limpiar cualquier rastro de “Juego” en sus anuncios. Ahora la narrativa se centra en que “ellos puedan entrenar todas las semanas” o en que el vendedor mantenga su “ilusión para todo el día“. Al parecer, el jugador ya no compra una papeleta, sino que adquiere un salvoconducto moral que justifica su apuesta. Esta insistencia en que “siempre pasan cosas buenas” independientemente de si el cupón está premiado o no, es un ejercicio de prestidigitación publicitaria que coloca la responsabilidad del bienestar social en el bolsillo del ciudadano…











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