Un nuevo estudio de la Fundación Patología Dual vincula el trastorno por Juego con otros trastornos mentales y propone prevención clínica basada en evidencia

Doctor Szerman: “Es casi segura la presencia de otros trastornos mentales en las personas que presentan adicción al Juego”

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En el marco del Día Internacional del Juego Responsable, el presidente de la Fundación Patología Dual, el psiquiatra Néstor Szerman, a través de un nuevo estudio, ha vuelto a situar el foco donde la evidencia clínica lleva años apuntando: el problema no es el Juego en sí, sino la frecuente coexistencia entre el trastorno por Juego y otros trastornos mentales. El doctor Szerman ha subrayado que es “casi segura” la “presencia de otros trastornos mentales y de rasgos de impulsividad” en las personas diagnosticadas con adicción al Juego.

El trabajo, liderado por investigadores españoles y respaldado por diversos estudios internacionales, constata que más del 96% de las personas con trastorno por Juego presenta de forma simultánea otros trastornos mentales, como ansiedad, depresión, TDAH o trastorno bipolar, una realidad clínica conocida como patología dual. Si se incorporan los trastornos psicóticos y de personalidad, ese porcentaje se aproxima prácticamente al 100%. Un dato que, lejos de estigmatizar la actividad del Juego, refuerza la necesidad de abordarla desde una perspectiva sanitaria integral y basada en evidencia.

Szerman insiste en que esta coexistencia “debería servir para recordar, a los clínicos, psiquiatras y psicólogos, que esta dualidad siempre debe ser explorada”, una tarea que ha desarrollado junto a los doctores Francisco Ferre, jefe de servicio y director del Instituto de Psiquiatría y Salud Mental del Hospital Universitario Gregorio Marañón, e Ignacio Basurte, director médico de la Clínica López Ibor. El estudio, además, aboga por un enfoque apoyado en la neurociencia clínica y la psiquiatría de precisión, alejándose de visiones simplistas que reducen el trastorno a una mera cuestión de conducta.

Uno de los datos más reveladores que recoge el artículo es que cerca del 7% de los pacientes ingresados en unidades de agudos de Psiquiatría presenta un trastorno por Juego, un factor que en muchos casos pasa inadvertido. Para Szerman, “la identificación de la dualidad posibilita tratar los otros trastornos mentales —por ejemplo, el TDAH— al mismo tiempo que se inicia un tratamiento también biológico para el trastorno por Juego, seguido de un tratamiento psicológico y social”. Una afirmación que conecta directamente con la defensa de un modelo terapéutico que no demoniza el Juego, sino que lo contextualiza dentro de la salud mental del paciente.

El estudio propone un sistema de prevención estructurado en tres niveles. En el ámbito de la prevención primaria, se apuesta por identificar a la población con mayor riesgo de desarrollar un trastorno por Juego dual. La evidencia científica sitúa en torno al 0,4% la prevalencia del trastorno por Juego en la población de entre 15 y 64 años. “Mientras esperamos disponer, esperemos que pronto, de marcadores biológicos y genéticos, en la actualidad, podemos basarnos en datos clínicos fenomenológicos”, señala Szerman. En esta línea, Basurte apunta que “las familias con alta densidad de trastornos mentales o aquellos jóvenes con elevada impulsividad y/o problemas de conducta deberían ser objeto de acciones preventivas”.

La prevención secundaria se activaría cuando aparecen los primeros síntomas. En este punto, el artículo incide en que el trastorno por Juego dual “requiere de un tratamiento integrado biológico, psicológico y social”, una visión que, según lamenta Szerman, todavía es poco conocida. “Esta aproximación, en lugar de priorizar el dejar el Juego, prioriza mejorar el funcionamiento, reducir el daño psicológico y financiero y facilitar, más adelante, la involucración del paciente en el tratamiento”, explica el psiquiatra, quien advierte de que “muchas veces se sigue valorando el trastorno como un mero problema de conducta”.

En conjunto, el estudio liderado por Szerman aporta una lectura rigurosa y matizada, alineado con la evidencia científica y con una visión moderna de la salud mental, que reclama políticas preventivas realistas, integrales y basadas en datos.

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