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Antonio Ortuño dejó su trabajo de informático para construir Capitán Nemo, un "pinball" artesanal inspirado en Julio Verne. Ya ha vendido tres a 5.000 euros cada uno. Está de moda en Estados Unidos 

El pinball se pone de moda en Estados Unidos y vive una segunda juventud

AZARplus.-En el interesante artículo publicado en Expansión su autor, Javier Caballero,expone... Cómo construir de nuevo un Ford T, resucitar a Frankenstein o reparar el Sputnik. Hay que tener algo más que talento y pasión (vintage) para fabricar hoy día un pinball, una antigualla recreativa que centelleaba en bares y billares del mundo occidental, con chavales arremolinados, bolas rebotando enloquecidas y desafíos a 25 pesetas la partida. Cuesta mucho encontrar un flipper a no ser que trabajes en Silicon Valley, donde las tienen a decenas en las salas de descanso de corporaciones como Google o Apple. Su rentabilidad, cosa del pasado. Sin embargo, Antonio Ortuño (Murcia, 15 de noviembre de 1980) no percibe un mercado extinto, está convencido de que incluso vivirá de esta ocupación entre la robótica, la electrónica y la nostalgia más pop...

22/06/2017
El pinball se pone de moda en Estados Unidos y vive una segunda juventud

Ortuño, 36 años, junto a su "pinball". Tiene más de 3.000 componentes. Thomas Canet



Nadie hay en España (quizá tampoco en Europa) que se haya metido solito en este berenjenal con aroma ochentero. Y lo hace en su propia casa en Lo Pagán, Murcia, en lo que podría ser un (magnífico) pinball de garaje. "Han surgido muchos problemas que he ido resolviendo, que me han llevado hasta donde estoy hoy: dejar mi trabajo hace 15 meses para hacer del pinball mi profesión", asegura.


Vista del "pinball" inspirado en la novela "20.000 leguas de viaje submarino". Thomas Canet

De momento, cuenta con bola extra para canalizar mercantilmente este hobby y transformarlo en plena ocupación. De su Capitán Nemo, que así se llama su pinball, ha despachado ya tres unidades (a 5.000 euros, envío incluido) y cuenta ya con socio en Nebraska, Estados Unidos, para expandirse más allá de 20.000 leguas en el mercado americano.

Dice que cuenta con encargos a la vista para este su Nautilus de cuatro patas y 100 kilos de peso. "Antes que nada, hay que escoger una propuesta de juego, con todas sus reglas y su desarrollo. Escogí un tema de Verne porque es muy reconocible, no tiene derechos de autor ni de imagen y es uno de mis escritores favoritos. He vendido en Lyon, en Londres y en Veenendaal (Holanda), donde se acaba de celebrar un torneo. El campeonato del mundo se ha disputado recientemente en Dinamarca [Hvalso]. Mi mercado está fuera", sostiene Antonio mientras que la cavernosa voz de Nemo -"I'm the law, I'm the judge!" -surge de su máquina y anima a echar una partida. Una vez que la bola sale del tirador, hay que completar varias misiones: construir el submarino, proteger el mar, matar monstruos marinos y encontrar tesoros en pecios para financiar los proyectos ecológicos de Nemo.

Tardes de domingo

Ortuño, ingeniero informático (Universidad de Murcia) y amante del mar, también lleva unos cuantos doblones invertidos en construir un flipper , si bien ha dedicado más tiempo que dinero en su odisea, con oceánicas tandas de ensayo y error. Quizá el eureka brotó al recordar las tardes de domingo con su tío Raimundo, en las que tras el almuerzo, y siendo un chaval de los 90, aporreaban juntos las palancas en la cafetería Mirtia, a 50 metros de casa de sus abuelos.

Veinte años después, daría forma profesional a aquellas memorias. "En verano de 2009 leyendo un desaparecido foro del mundillo, redescubrí los pinballs y me decidí a fabricar el mío en el tiempo libre que me dejaba mi trabajo como programador. Lo primero fue diseñar su electrónica, un proceso muy lento de aprendizaje y de lectura de manuales. Luego hice la placa de control, la fuente de alimentación, las rampas, el tablero fresado e impreso... Recuerdo que cuando era niño, construí con la ayuda de mi abuelo Antonio un prototipo; el lanzador lo hicimos con goma de neumático, como bolas usamos unas grandes de mármol azul que compramos en una ferretería y llenamos todo el tablero con púas", rememora.


Dispone de dos gigas de memoria RAM y 60 de disco duro. Thomas Canet

Al abrir las entrañas del Capitán Nemo no se pueden cuantificar ni sus más de 3.000 componentes (electroimanes, bobinas que se encienden 40 milisegundos, tuercas, tornillos, circuitos) ni sus más de 150 bombillas. Una maraña de cables conectan las partes del juego y el backglass (parte vertical), cuenta con pantalla LCD en el propio tablero de madera de arce (siete grados de inclinación), luces LED y conexión a Internet para que todo el mundo en la Red compita en puntuación o para que se baje el nuevo software que se vaya incorporando. La música, una banda sonora de corte solemne y abisal, la ha compuesto Hitten, grupo local de rock duro. Los diseños y artes han corrido a cargo de Gustavo Díaz y Rubén Lavado con los que trabó amistad en Internet.

Artículo con aire retro, el corazón de Capitán Nemo no viaja despacio ni se engrana con maquinaria de museo: dispone de dos gigas de memoria RAM y 60 de disco duro. Casi todas las piezas hay que pedirlas a Estados Unidos. Y no son baratas. El tablero se tarifa en más de 500 euros. Te lo envían customizado tras mandar los ficheros en CAD (diseños asistidos por ordenador) con las órdenes donde van los fresados, las artes y los agujeros.

Hay dos variantes de Nemo; una de juego libre, gratuita, y otra que dispone de monedero para su explotación comercial a través de un operador. "Está el coleccionismo, la reparación y la restauración, pero hacer un pinball nuevo es lo máximo a lo que se puede aspirar. Si tienes todos los componentes, puedes montarlo en una semana. Antonio ha echado mucho ingenio, muchos estudios y muchos años. Yo aporté mi experiencia con mejoras en el funcionamiento y en el desarrollo. Es una gozada cuando lo pruebas terminado. Y es un juego que no desmerece al de otros fabricantes. Ni es de menos valor", explica Orlando González, uno de los pocos mecánicos de flippers que quedan en España. Regenta un taller en Torrevieja donde custodia más de 70 viejas máquinas. Algunas rudimentarias, electromecánicas, la mayoría míticas. Gracias a este hospital de pinballs aún se gana la vida. "En los años 80, Canasta 86 llegó a recaudar más de 200.000 pesetas mensuales. Y los pinballs más caros costaban unas 400.000, así que rápidamente eran amortizados", asevera Orlando.

Segunda mano


Muchas de las máquinas que guarda y sutura este asturiano emigrado a Levante fueron fabricadas por Stern, la última gran compañía, sita en Chicago, que sigue en la brecha. El mercado de segunda mano, por pura morriña, no cesa. En más de 50.000 dólares se vendió un pinball dedicado al Chicago de los años 30 y construido por la empresa, ya desaparecida, Williams. El más raro del mundo fue el que se construyó ex profeso para la película Niño rico, protagonizada por Macaulay Culkin en 1994. Sólo existe uno en el mundo. Incalculable su valor para los fanáticos de los bumpers y la bola extra. El mercado resiste a colarse. Aún hay partida.


Hay dos variantes de Nemo; una de juego libre, gratuita, y otra que dispone de monedero para su explotación comercial. Thomas Canet

En 2016, la legendaria Stern vendió un 20% más que en 2015, y en España cuentan con Cirsa como distribuidor, con un nivel de encargos constante. Stern llegó a vender más de 100.000 unidades, y pese al retroceso y la irrupción de los domésticos videojuegos que vaciaron salas recreativas, la bola no ha parado de rebotar: la Flipper Pinball Association tiene más de 40.000 miembros y son miríadas los foreros de la Red. Y todos los años se celebra a las afueras de Chicago la feria mundial del sector. Se monta en octubre. A ella se ha arrimado Ortuño en un par de ocasiones. Para abrir la mente. Para abrir mercado.

Prohibido en EEUU

Aunque el primer "pinball" se fecha en 1871, el estadounidense David Gotlieb dio el pistoletazo de salida a la industria de este juego con la creación de "Baffle Ball" en 1931. Entre 1940 y 1976, los "flippers" estuvieron prohibidos en muchas ciudades de Estados Unidos al dar premios en metálico. En los 70 pasaron de ser juegos de azar a de habilidad, contando con beneplácito legal. En España, que llegó a ser la mayor industria tras EEUU, aterrizaron en los 60 de la mano de la compañía Petaco, gracias a su presidente Juan Paredes Hernández. Los diseños corrían a cargo de Eulogio Pingarrón, quien se dedicaba a "españolizar" los modelos americanos de la firma Gotlieb, como demuestra el modelo "Escalera de Color". A ambos se les puede ver autorretratados en un "pinball" legendario: "Criterium 75"


El mercado de segunda mano, por pura morriña, no cesa. Thomas Canet

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